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 Para preparar

el 11º Congreso Eucarístico Nacional

de Tucumán

 Julio 2016

 

Celebrar hoy un Congreso Eucarístico 

por S. E. Mons. Piero Marini,

Presidente

 

 

 

Archivos:
Celebrar hoy un Congreso Eucarístico POPULAR
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Exposición de Mons. Piero Marini, Presidente de los Congresos Eucarísticos Internacionales

Autor Mons. Piero Marini Fecha 2015-07-27 Tamaño del Archivo 47.49 KB Descargar 374 Descargar

 

SUMARIO 

  1. El fenómeno de los Congresos Eucarísticos 
  1. Los fines de la Obra de los Congresos

            2.1. “La piedad eucarística y su desarrollo

            2.2. El “reinado social de Cristo” 

  1. Un Congreso Eucarístico en la Iglesia de hoy

            3.1. La centralidad de la celebración eucarística

            3.2. La renovación del culto eucarístico

            3.3. Eucaristía y comunión eclesial

            3.4. Al servicio de la misión

            3.5. La dimensión social del Congreso 

  1. Gracia de renovación pastoral para la comunidad 

 

1. El fenómeno de los Congresos Eucarísticos 

Para comprender los Congresos Eucarísticos es necesario partir de sus orígenes, presentar sumariamente su camino, analizar su trabajo, valorar su importancia en la historia de la Iglesia moderna, recorrer su camino de crecimiento hasta la renovación conciliar y las cambiantes condiciones del mundo. 

Los Congresos Eucarísticos internacionales pueden parecer reliquias del pasado que se integran con dificultad en el mundo de hoy. Para muchas personas son recuerdo de un mundo que fue, como si se tratara de antiguos objetos de sacristía resplandecientes de oro ahora descoloridos: manifestaciones populares de finales de siglo dieciocho y principios del siglo diecinueve a través de las cuales se escenificaba en la mayoría de las grandes capitales del mundo la realeza de Cristo, procesiones interminables que congregaban centenares de miles de fieles, masas de adoradores para rendir homenaje de fe, de amor y de reparación a Jesucristo, el Dios escondido bajo el velo del Sacramento, “ultrajado por los impíos, ignorado por los poderes públicos deseosos de laicizar la sociedad”.[1]

Es un hecho que los Congresos Eucarísticos vienen del pasado. De hecho, los Congresos nacen en la segunda mitad del siglo XIX. En la época de los grandes movimientos populares, de la democracia representativa y de la imprenta, los católicos de Francia utilizaron el instrumento dúctil de los Congresos para dar cuenta públicamente –en una perspectiva internacional- de la vasta actividad ligada a la devoción eucarística.

Estas primeras reuniones se llamaban “Congresos de las Obras Eucarísticas” y tenían por objeto proclamar públicamente la fe en la Eucaristía con manifestaciones de piedad, con sesiones de trabajo, con conferencias y, sobre todo, manifestaciones de masas. Eran laboratorios de reflexión y caja de resonancia para comunicar, en el espacio social, la vitalidad de la fe y de la Iglesia. “La obra –sugería el Reglamento de los Congresos Eucarísticos elaborado en 1882- tiene como finalidad dar, cada vez más, a conocer, amar y servir a Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar a través de las solemnes reuniones internacionales y periódicas y de trabajar para extender su reinado social en el mundo. Estos objetivos se consiguen así: 1º a través de las oraciones, las comuniones, los homenajes solemnes rendidos al Rey de Reyes y sobre todo la manifestación final que es un acto público, el más nacional posible, de reparación y de amor hacia el Santísimo Sacramento; 2º a través de las sesiones en las que se estudian los mejores medios para reavivar y extender la devoción a la Santa Eucaristía”.[2]

La activación de los Congresos Eucarísticos se debe a una singular figura espiritual, la señorita Émile Tamisier (1843-1910).[3] Ésta había tenido una inquieta y atormentada vida interior bajo la guía de dos personajes relevantes. En primer lugar, se había dirigido a San Pedro-Julián Eymard (1811-1868), el fundador de la congregación del Santísimo Sacramento, del que recibió la importancia de recurrir a la Eucaristía para favorecer la reconstitución de una sociedad cristiana.[4] Se dirigió después a Antonio Chevrier (1826-1879), el fundador del Prado en Lyon,[5] que la indujo a una humilde y paciente búsqueda de su vocación. Tal búsqueda concluye cuando la Tamisier asiste a la consagración de Francia al Sagrado Corazón, proclamada por el diputado católico-monárquico G. de Belcastel el 29 de junio de 1873, en Paray-le-Monial. La piadosa mujer tuvo entonces una iluminación que la indicaba la misión a la que dedicar su vida: “la salvación de la sociedad por medio de la Eucaristía”.  Por eso se implicó primeramente en la promoción de las peregrinaciones eucarísticas y, después de tejer lentamente una extensa red de relaciones eclesiásticas, logró convencer a Mons. de Ségur para instituir la Obra de los congresos eucarísticos internacionales.[6] Permaneciendo en la sombra –la guía oficial fue asumida por un grupo de eclesiásticos franco-belgas- la Tamisier desarrolla durante decenios el papel anónimo de inspiradora espiritual de algunos miembros de este grupo dirigente.[7]

Los Congresos eucarísticos internacionales nacen, pues, en el interior de la cultura del más rígido catolicismo intransigente francés que ve en la piedad eucarística y en la devoción al Sagrado Corazón la posibilidad de reconstruir la sociedad cristiana demolida por la Revolución Francesa.[8] Para lograr este objetivo se considera necesario un retorno a la pública y oficial proclamación de la realeza de Cristo como medio para reconstruir un estado cristiano en Francia, así como en todos los demás países del mundo. Estas concepciones permanecieron hasta el Congreso Eucarístico Internacional organizado en Madrid en 1911, cuyos trabajos se centraron en el tema del Reinado social de Cristo, y en el Congreso de Lourdes en 1914 en el que se pedirá al Papa fijar en todo el mundo una jornada de adoración ente el Santísimo para expiar y reparar el pecado social de la laicización de la vida publica.[9]

El primer Congreso se tuvo en Lille en 1881, en la región septentrional francesa del Paso de Calais. El 25 de abril de 1881, el comité organizador guiado por el gran industrial de Lille Philibert Vrau y sus amigos, por medio de una carta circular invitaba a los católicos del mundo entero al Congreso Eucarístico, que tendría lugar a finales de junio. Aunque la aventura tuviera un inicio modesto, el esfuerzo inicial sirvió para precisar el marco de los futuros congresos y para dar al encuentro un carácter periódico.[10]

A partir de esta pequeña semilla, en pocos años, los Congresos Eucarísticos –bendecidos por León XIII y puestos inmediatamente al servicio de la Santa Sede- crecieron hasta transformarse en un movimiento mundial capaz de congregar, pasando por diversas capitales de Europa, las ciudades más grandes de todos los continentes: Montreal (1910), Chicago (1926), Sidney (1928), Buenos Aires (1934), Manila (1937), Río de Janeiro (1955). En ellos resonó la voz de cuantos han hecho la historia de la Iglesia en el sigo pasado y, progresivamente, se han asociado a ellos instancias religiosas, novedades litúrgicas, junto con urgentes temas sociales.

2. La finalidad de la obra de los Congresos 

La obra de los Congresos se había propuesto, como ya vimos en la cita del Reglamento inicial, una doble finalidad: profundizar en la “piedad eucarística” y “extender el Reinado social de Jesucristo en el mundo”. 

2.1. La piedad eucarística y su desarrollo

El movimiento congresual, desde su nacimiento, está vinculado casi exclusivamente a la promoción de las Obras Eucarísticas que comprendían todas las actividades destinadas a sostener y a difundir la devoción y el culto al Santísimo Sacramento fuera de la Misa. Tales Obras Eucarísticas eran denominadas de diferente manera en los primeros Congresos eucarísticos: adoración reparadora, adoración nocturna, hora santa, viático a los enfermos, preparación de los niños a la primera comunión, visita diaria al Santísimo, obra de la Misa reparadora, adoración de los niños, guardias de honor, obra del santo Viático, liga eucarística, cruzada eucarística, procesión eucarística mensual, etc.[11] Pero, entre todas estas obras, la procesión solemne era considerada por los promotores iniciales como el medio por excelencia para dar significado social al culto de la Eucaristía y afirmar de manera espectacular la fe de los católicos en la presencia real, misterio ridiculizado por los positivistas de la época.[12]

A inicios del siglo XIX, con la elección al solio pontificio de San Pío X, conocido como el “Papa de la Eucaristía”, se abre una nueva etapa en la historia de los Congresos. Este cambio se subraya sobre todo por un desarrollo numérico de los Congresos que reúnen ahora masas cada vez más numerosas. Unido a esto crece, de manera notable, la participación internacional con los congresos que abandonan los territorios francófonos (Francia, Bélgica, Suiza y… Jerusalén,[13] donde la presencia francesa estaba muy acentuada) para llegar a Roma (1905), Metz (1907), Londres (1908), Colonia (1909), Montreal (1910), Madrid (1911) y Viena (1912).

Los mismos Congresos, incluso conservando el carácter de manifestaciones públicas destinadas a estimular la fe de los católicos en la Eucaristía, modifican de alguna manera su orientación y son utilizados sistemáticamente para preparar la acogida y para favorecer la difusión y la aplicación de los decretos eucarísticos de Pío X.[14] La Eucaristía, además de objeto de culto, se descubre cada vez más como alimento.

Después de la interrupción forzada debido a la primera guerra mundial, la tradición de los Congresos Eucarísticos Internacionales se retoma en Roma en 1922 con el pontificado de Pío XI. Se pone en primer plano el tema de la paz, particularmente significado por la Hostia santa, que se convierte, al mismo tiempo, en medio para destruir las barreras entre los pueblos y el símbolo más fuerte de la unidad del género humano.[15] Así, los Congresos que se suceden con cadencia bienal, se convierten cada vez más en un testimonio positivo de fe en el misterio cristiano y asumen un carácter marcadamente internacional, llegando a todos los continentes: Chicago (1926), Sydney (1928), Cartagena (1930), Dublín (1932), Buenos Aires (1934), Manila (1936), Budapest (1938).

La serie es interrumpida nuevamente por los trágicos acontecimientos de la segunda guerra mundial y será necesario esperar al 1952 para que el Congreso vuelva a reunirse primero en Barcelona y después en Río de Janeiro (1956) y en Munich (1960).

Las novedades después de la guerra surgen gracias a la interacción creciente y recíproca entre los Congresos eucarísticos y el movimiento litúrgico. Si hasta ahora, la procesión final constituía el punto culminante de un acontecimiento vivido, desde los orígenes, como un Corpus Domini a escala mundial,[16] ahora la “piedad eucarística” se orienta cada vez más a la celebración.

En este sentido, el congreso de Munich de 1960,[17] incluso dentro de los límites de un desarrollo todavía tradicional, marcó una interesante evolución no sólo por una acentuada preocupación ecuménica, sino también por el esfuerzo realizado para integrar al máximo la manifestación –radicada en las formas de devoción popular típicas del siglo XIX- con la renovación litúrgica contemporánea.

A cuantos encontraban ya superadas las antiguas razones teológicas se les ofrece una nueva visión de los Congresos eucarísticos a través de la obra del gran liturgista jesuita P. Andreas Jungmann, que sugirió ver en estas manifestaciones mundiales un retorno a escala universal del antiguo uso de la statio urbis romana.

Durante gran parte del primer milenio, el obispo de Roma subrayaba la unidad de su Iglesia acercándose a celebrar la Eucaristía –he aquí la statio urbis- en las diversas “parroquias” (tituli) servidas por sus presbíteros. Pues bien: “como el papa o su representante especialmente autorizado presidía la celebración estacional de la ciudad de Roma, así el legado del papa está a la cabeza de la celebración;  rodeado por los obispos de numerosos países, por el clero y por el pueblo de todas las naciones, ofrece el sacrificio a la Majestad divina”.[18] Esta original idea según la cual los Congresos Eucarísticos asumen ahora la fisionomía de una statio, statio Orbis o nationis, no dejó de suscitar perplejidad, sobre todo en la Ortodoxia,[19] pero tenía la ventaja de subrayar que el objetivo esencial de los Congresos eucarísticos es el de reunir a los fieles provenientes del mundo entero para celebrar juntos el banquete eucarístico y construir la Iglesia, cuerpo del Señor.

No tendría sentido –subrayaba el mismo liturgista- ni tendría utilidad, magnificar los esplendores de la Eucaristía, si no fuera el pueblo santo que se alimenta de la Eucaristía y cuyo espíritu es guiado por la ley del Señor. No es la Eucaristía el objeto de estas manifestaciones de fe, sino el pueblo de Dios”.[20]

2.2. El “reinado social de Cristo” (= la dimensión social de la Eucaristía)

Desde los primeros Congresos Eucarísticos, el aspecto cultual se ha vinculado con la búsqueda del “reinado social de Cristo”, fórmula con la cual se quería reaccionar a la actitud de los poderes públicos empeñados en la laicización de la sociedad y, al mismo tiempo, subrayar la realidad total de Cristo, Salvador de toda la humanidad y Redentor del cosmos.

Para comprender mejor todo esto, basta hojear algunas páginas de san Pedro Julián Eymard que fue en Francia, a mitad del siglo XIX, el apóstol de la Eucaristía. He aquí lo que escribe incluso con una cierta redundancia de lenguaje en 1864: “El gran mal de la época es que no se va a Jesucristo como Salvador y Dios… ¿Qué hacer entonces? Volver a las fuentes, a Jesús, no solamente al Jesús que pasa por Judea o al Jesús glorificado en el cielo, sino también y sobre todo a Jesús en la Eucaristía. Es necesario hacerlo salir de su aislamiento para que se ponga de nuevo a la cabeza de las sociedades cristianas que debe guiar y salvar. Es necesario reconstruir para él un palacio, un trono real, una corte de fieles servidores, una familia de amigos, un pueblo de adoradores. Esta es la tarea y la gloria de nuestro siglo… Lo sabemos todos: un siglo progresa o no en proporción al culto que da a la Eucaristía… ¡Que venga cada vez más este reino de la Eucaristía: durante mucho tiempo la impiedad y la ingratitud han reinado sobre la tierra! Adveniat regnum tuum![21]

En este contexto se puede comprender por qué el mismo León XIII bendice la Obra de los Congresos eucarísticos internacionales y se adoptó para las celebraciones de los nacionales: con el objetivo de dar un impulso eficaz al despertar religioso de finales de siglo, recuperar los temas cristianos esenciales y colocar los fundamentos de una nueva presencia de inspiración cristiana en la sociedad abriendo el camino a una presencia significativa de los católicos en los grandes movimientos culturales del siglo XIX.[22]

Atenuado, ya, el ultramontanismo radical de los inicios, comienza a surgir una nueva perspectiva, encaminada a subrayar cómo las obras y las devociones eucarísticas deben comprometerse no sólo en la santificación individual y la conquista personal de las almas, sino también para la renovación social consecuente.

A partir de aquí comenzará a modelarse la nueva identidad de los Congresos que se afirmará en la segunda mitad del siglo XIX.

3. Un Congreso Eucarístico en la Iglesia de hoy

Es verdad que los Congresos vienen del pasado, pero también es verdad que el movimiento eucarístico provocado por ellos a nivel mundial ha caminado con la historia y, junto con otros movimientos: litúrgico, bíblico, ecuménico y patrístico, ha contribuido a diseñar el rostro renovado de la Iglesia nacida del Vaticano II y la doctrina de la Eucaristía denominada como “fuente y culmen de toda la vida cristiana”. [23]

Las razones teológicas que conformaron el Congreso de Munich de 1960, fueron retomadas en buena parte en el Ritual De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam (=DSC), publicado el 21 de junio de 1973, que renueva la visión del culto eucarístico según los principios del Vaticano II, recuperando la relación entre Eucaristía e Iglesia y subrayando que la celebración eucarística es “el centro y culmen de todas las diversas manifestaciones y formas de piedad”[24] de un Congreso.

Los Congresos Eucarísticos –cita el Ritual- que en los tiempos modernos se han introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación del culto eucarístico, se han de mirar como una “statio”, a la cual alguna comunidad invita a toda la Iglesia local, o una iglesia local invita a otras Iglesias de la región o de la nación, o aun de todo el mundo, para que todos juntos reconozcan más plenamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular y lo venera públicamente con el vínculo de la caridad y de la unión” (n.109)

El concepto de statio es precisado aquí en el sentido de una parada de compromiso y de oración a la que una comunidad invita a la Iglesia universal con “la plena participación de la Iglesia local y la significativa aportación de las otras Iglesias”. De este modo, la idea de la statio orbis o statio nationis llega a ser una convención libremente inspirada en la antigua statio urbis superando las dificultades eclesiológicas recordadas más arriba.

Los objetivos del Congreso (profundización de algún aspecto del misterio eucarístico y su veneración pública), realizados en el vínculo de la caridad y de la unidad, reclaman además los caracteres fundamentales de aquella eclesiología eucarística cuyas semillas, esparcidas por los diversos documentos del Vaticano II, han encontrado autorizados desarrollos en la encíclica Ecclesia de Eucharistia y en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis.

También las razones históricas y teológicas de los Congresos Eucarísticos son reinterpretadas de modo sustancial. Veamos cómo.

3.1. La centralidad de la celebración eucarística

A partir del De sacra communione, la dimensión cultual (= “piedad eucarística”) que ha caracterizado los congresos eucarísticos hasta el Concilio, se concentra sobre la celebración de la Eucaristía, sacramento pascual del Cristo ofrecido para que el mundo tenga vida.

Recordemos una vez más que, hasta la segunda guerra mundial, el acento de los Congresos se ponía sobre todo en la procesión en la que se desplegaba todo el esplendor de la manifestación. En Montreal duró siete horas, en Malta y en Budapest se realizó en barcos, en Viena se deslizó por el Rin. A la Misa, celebrada con solemnes pontificales, solamente “se asistía”. Finalmente, la Comunión constituía el tercer punto del programa, aislada totalmente, como se hacía a partir del siglo XII.

Frente a esta concepción fragmentaria, la idea de la statio permitió restablecer la unidad del misterio eucarístico y su celebración: “La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro y la culminación a la que se dirijan todos los actos y los diversos ejercicios de piedad” (DSC, 112/a).

A partir de aquí, “las celebraciones de la Palabra de Dios, las sesiones catequéticas y otras reuniones públicas tiendan sobre todo a que el tema propuesto se investigue con mayor profundidad, y se propongan con mayor claridad los aspectos prácticos a fin de llevarlos a efecto” (DSC, 112/b). También hay lugar para la forma tradicional de la adoración eucarística: “Concédase la oportunidad de tener ya las oraciones comunes, ya la adoración prolongada, ante el Santísimo Sacramento expuesto, en determinadas iglesias que se juzguen más a propósito para este ejercicio de piedad” (DSC, 112/c).

Todo esto da forma también a la fase preparatoria del Congreso Eucarístico, donde se subraya la necesidad de “una catequesis más profunda y acomodada a la cultura de los diversos grupos humanos acerca de la Eucaristía principalmente en cuanto constituye el misterio de Cristo viviente y operante en su Iglesia; una participación más activa en la sagrada Liturgia, que fomente al mismo tiempo la escucha religiosa de la palabra de Dios y el sentido fraterno de la comunidad” (DSC, 111/a-b).

Por tanto, en el centro de la celebración del Congreso y de su camino de preparación se pone ahora la celebración Eucarística y todos los gestos del culto que tradicionalmente caracterizan este acontecimiento (adoración fuera de la Misa, procesiones, etc.), todas las sesiones de catequesis y reuniones plenarias deben hacer referencia a ella. Si la parada congresual de una Iglesia local tiene como finalidad, objetivo y centro la celebración de la Eucaristía, tal celebración se convierte en la forma y la fuente de cualquier otra cita del Congreso.

De la misma manera, para celebrar dignamente un Congreso, será necesario esforzarse para reconciliar la “piedad eucarística” con la teología promovida por el Concilio (la de los grandes documentos Mysterium fidei, Eucharisticum mysterium, el ritual De sacra communione) y de los más recientes documentos de los Romanos Pontífices (la encíclica Ecclesia de Eucharistia, la carta Dominicae Cenae, la carta apostólica Mane nobiscum Domine, la exhortación apostólica Sacramentum caritatis) para que todo sea orientado según una eclesiología eucarística.

3.2. La renovación del culto eucarístico

La centralidad de la celebración revela que “el cuerpo entregado y la sangre derramada” son principio, forma y fin de la existencia cristiana y de la acción de los bautizados. Bajo esta perspectiva, celebrar, adorar, dar gracias son el modo en el que los cristianos se relacionan con el gran don de la Eucaristía.

A partir de aquí, también el culto eucarístico fuera de la Misa debe encontrar su verdadero puesto en la celebración de los congresos bajo la base de algunos criterios generales.

Sobre todo, el culto eucarístico fuera de la Misa es prolongación del culto ofrecido al Padre por medio de su Hijo en el Espíritu durante la celebración eucarística: “la celebración de la Eucaristía en el sacrifico de la Misa es realmente el origen y el fin del culto que se tributó fuera de la Misa” (DSC, 2). “Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual” (DSC, 80).

Además, “en la organización de tan piadosos y santos ejercicios, ténganse en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo se deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo” (DSC, 79).

Es bien conocida la larga serie de documentos postconciliares sobre la Eucaristía que reclaman la salvaguardia de las formas tradicionales de devoción hacia el santísimo Sacramento fuera de la Misa, sobre todo en la forma de la adoración eucarística. Y existe un consenso general sobre el hecho de que el culto eucarístico, bien comprendido, debe ser recomendado y alentado como justamente lo hace la encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 47-52) y la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis. El problema es simplemente saber en qué forma teológica se debe inspirar la praxis.

Por lo que respecta a la adoración eucarística –sin necesidad de recordar aquí su evolución histórica- ésta ha crecido sobre la base de una teología eucarística individualista. El objetivo a afrontar hoy es integrar esta práctica espiritualmente fecunda en la óptica más general de una eclesiología eucarística orientada hacia la comunión y darla así nuevo impulso.

Recordemos las palabras de san Agustín: “Si vosotros sois su cuerpo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está aquel que es vuestro misterio; sí, recibís a aquel que es vuestro misterio”.[25] A partir de esta afirmación, sería tarea verdaderamente noble y meritoria de un Congreso Eucarístico renovar las antiguas formas de devoción eucarística en vez de simplemente preservarlas, alentándolas en el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar.[26]

Veamos algunos ejemplos. Si el culto eucarístico fuera de la Misa tiene como objetivo “extender la gracia del sacrificio” entonces hace referencia a la celebración y a sus gestos (escucha de la Palabra, silencio, alabanza, acción de gracias, ofrenda de la vida, adoración, comunión) y a los lugares en los que se realiza la celebración (altar, ambón, sede).

Más: orientar la adoración solemne del Santísimo Sacramento según el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar significa dar preferencia al criterio de la presencia comunitaria antes que a la costumbre de la adoración individual por turnos. Además, el mismo DSC, cuando recomienda la exposición solemne anual del santísimo Sacramento recuerda “se hará solamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles” (ib, n.86) mientras recomienda que la “forma de adoración, muy digna de alabanza, en que los miembros de la comunidad se van turnando de uno en uno, o de dos en dos” sea conservada en las comunidades religiosas (ib, n.90).

No basta, pues mantener vivamente la práctica de la adoración eucarística. Será necesario mantener también, según las palabras de Benedicto XVI, “una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica”.[27] 

3.3. Eucaristía y comunión eclesial

Cada Congreso Eucarístico no es sólo una grandiosa manifestación de fe, un gran homenaje a la Eucaristía, sino una gracia de renovación permanente de la vida eucarística de todo el pueblo de Dios.

Tal renovación se juega hoy, sobre todo, en el descubrimiento de la eclesiología eucarística de comunión que ha sido, además, el tema central del 50º Congreso Eucarístico Internacional de Dublín (2012). Tal concepto, según el Sínodo extraordinario de 1985, sintetiza la eclesiología conciliar y es la idea principal que recorre todos los documentos del Concilio Vaticano II. En efecto, “la idea central y fundamental en los documentos del Concilio Vaticano II debe ser individuada en la eclesiología de comunión… La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica, la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.[28]

Esta concepción, actualmente muy compartida en la Iglesia católica, es desarrollada de modo convincente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium. Desde el inicio la Constitución dice: “Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico”.[29] A esta afirmación, que hace referencia a 1Cor 10,17 y que se repite varias veces en el mismo texto,[30] es necesario añadir la del n. 26: “En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y “unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación” (Tomás de Aquino, S. Th. III, q.73, a.3). En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Pues “la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos” (León M., Serm. 63,7)”.

La recepción sistemática de la eclesiología eucarística de comunión ha sido actualizada particularmente en los documentos del postconcilio por San  Juan Pablo II con la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) cuyo programa está ya en la frase inicial: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia”.[31] Afirmación justificada con la referencia a una serie de textos que a partir de los Padres de la Iglesia llegan hasta la afirmación de De Lubac: “Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se concluye que la vinculación entre una y otra es estrechísima”.[32]

Pero incluso antes, en la Novo millenio ineunte, el mismo Pontífice, indicando la fuerza de la koinonia, había propuesto también una espiritualidad de comunión, precisándola en sus manifestaciones y realizaciones y retomando el léxico querido por los Padres medievales que hablaban de la comunidad cristiana como “casa y escuela de comunión”.[33] Sí, porque la eclesiología de comunión puede convertirse en un instrumento y estructura sólo si instaura en el tejido cotidiano de las Iglesias una espiritualidad de comunión.

En los últimos años, Benedicto XVI ha afrontado las consecuencias pastorales, eclesiológicas y ecuménicas de todo esto en la tercera parte de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, cuyo título (“Eucaristía, misterio que se ha de vivir”) indica ya la dimensión eclesial de la Eucaristía y, a la vez, la dimensión eucarística de la Iglesia. Aspectos que el mismo Pontífice subrayó también en su homilía para la Statio Orbis final del 49º CEI de Quebec (2008): “Al recibir el Cuerpo de Cristo recibimos la fuerza "para la unidad con Dios y con los demás". No debemos olvidar nunca que la Iglesia está construida en torno a Cristo y que, como dijeron san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, siguiendo a san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque todos formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es el Señor. Debemos recordar siempre la última Cena del Jueves santo, donde recibimos la prenda del misterio de nuestra redención en la cruz. La última Cena es el lugar donde nació la Iglesia, el seno donde se encuentra la Iglesia de todos los tiempos”.[34]

Toca ahora a cada Iglesia particular ser consciente que la vida eucarística no es “un algo más”, algo que está al margen de las diversas actividades y de los programas pastorales, sino que es la fuente y la culminación del compromiso de los bautizados para construir la Iglesia como Cuerpo del Señor.

Es tarea ahora de cada parroquia (es decir, de cada “comunidad eucarística” insertada en un territorio particular) demostrar la madurez del don para los otros, de la escucha recíproca, de la disponibilidad y de la colaboración concreta para que la comunidad de los fieles se convierta en casa de Dios y de los hermanos en medio de la casa de los hombres.

Toca ahora a nuestras comunidades locales no solo preservar las antiguas formas de religiosidad popular ligadas a la devoción eucarística, sino renovarlas, dándolas sustancia y equilibrio según la forma teológica de la eclesiología de comunión.

3.4. Al servicio de la misión

Se ha apuntado ya que, a partir de los años Veinte del siglo XIX, bajo el pontificado de Pío XI, los Congresos Eucarísticos implicaron a las Iglesias particulares de los cinco continentes con una gran inspiración evangelizadora. Desde entonces, el binomio Eucaristía-evangelización ha entrado a formar parte estable de las líneas maestras propuestas por la Santa Sede a través del Pontificio Comité.

Cada Congreso Eucarístico nos ayuda a abrir los ojos sobre la realidad de la misión que brota como un río de agua viva (cfr. Ex 47,1-12) de la Eucaristía. Porque la Eucaristía, en cada Iglesia particular así como en la totalidad de la Iglesia universal, es fuente y culmen de la misión de la Iglesia.[35] En efecto, “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía, por la que debe, consiguientemente, comenzarse toda educación en el espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda como a la acción misional y a las varias formas de testimonio cristiano”.[36]

Se podría decir que Cristo es Eucaristía para la Iglesia para que la Iglesia sea Eucaristía para el mundo. Del mismo modo, Cristo es salvación para la Iglesia y la Iglesia, cuerpo del Señor habitado por su Espíritu, se convierte en salvación para el mundo, a través de su don de comunión y de servicio.

Los Congresos Eucarísticos reflejan todas estas realidades. Junto con las Jornadas mundiales de la juventud, de la familias, etc… continúan siendo un recurso extraordinario para testimoniar que la Eucaristía no es sólo la fuente de la vida de la Iglesia, sino también el lugar de su proyección en el mundo. Esta urgencia del tiempo presente es puesta de manifiesto hoy por el Papa Francisco recurriendo a expresiones tan significativas como “Iglesia en salida” o de las “periferias”.[37]

La opción de la “Iglesia en salida” no es nueva para los Congresos Eucarísticos celebrados hasta ahora. La relación entre Eucaristía /evangelización/misión, que se vuelve a destacar ahora, ha formado parte frecuentemente del programa de los Congresos. Ya a partir de los años Veinte del siglo XIX, bajo el pontificado de Pío XI, los Congresos Eucarísticos se esforzaron en desarrollar el binomio Eucaristía/misión evangelizadora implicando a numerosas Iglesias particulares de los cinco continentes. En tiempos más recientes, desde finales de los años Ochenta, la relación entre nueva evangelización/misión y Eucaristía se ha convertido en uno de los temas centrales de la celebración de cada Congreso eucarístico. Frente al reto del mundo moderno, cada Congreso se convierte en una extraordinaria ocasión para revitalizar el cuerpo eclesial, poniendo en el centro la figura de Jesucristo y el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo y las energías para anunciar el Evangelio a través de nuevos caminos capaces de llegar a cada ambiente y cada cultura.

San Juan Pablo II, el 13 de junio de 1993, durante la adoración eucarística en la catedral de Sevilla durante el 45º Congreso Eucarístico Internacional exhortaba: “Pedid conmigo a Jesucristo… que, después de este Congreso Eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita… Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres”.[38]

La celebración de un Congreso eucarístico ofrece la ocasión para la inculturación del Evangelio y la evangelización de las culturas. Un ejemplo de cómo los Congresos eucarísticos son medios privilegiados de evangelización misionera se ha visto, por ejemplo, en la influencia que el Congreso de Seúl (1989) ejerció no sólo en los cristianos, sino también en la mayoría no cristiana de aquel país. En aquella ocasión se hizo evidente que la Eucaristía es “la fuente y la culminación de toda evangelización”.

La celebración eucarística es “fuente de misión”[39] porque despierta en el discípulos la voluntad decidida de anunciar a los otros, con audacia, cuanto ha escuchado y vivido, Así se abren las puertas del mundo.

En el fondo, esto es lo que se experimenta, domingo tras domingo, en nuestra comunidades. En lo que llamamos, con razón, el Día del Señor (Ap 1,10) hay un convergencia particular de hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 7,9) que se ponen en marcha hacia una serie de catedrales, iglesias parroquiales… también capillas, santuarios, oratorios. Un inmenso río de creyentes que procede, cada domingo, sin tambores ni fanfarrias, humildemente, sin ruido; inmenso río que agrupa a los cristianos provenientes de ciudad y de pueblos, de los Países Escandinavos hasta el Mediterráneo; desde las Américas, Asia, África, Australia.

Centenares de miles de bautizados que se unen en asamblea en torno al altar del Señor, para ser, unidos, el Cuerpo del Señor en el corazón de nuestro mundo. Después que la Misa ha sido celebrada de un confín al otro de la tierra, los fieles enviados en paz, se ponen de nuevo en marcha, aunque en sentido contrario. Con un movimiento eucarístico de sístole y diástole, estas asambleas litúrgicas, diluyéndose poco a poco, se dispersan como la semilla en los surcos de la tierra. Así desde hace veinte siglos, los cristianos vuelven a sus casas, a las escuelas, a las oficinas, al comercio, a los lugares de tiempo libre, abriendo caminos nuevos que forman la trama secreta del Reino.

De este modo se alcanzan las periferias de las que habla el Papa Francisco, que son las geografías de los pueblos todavía no evangelizados y las de cuantos se encuentran distantes del corazón vivo de la comunidad eclesial. Estas abarcan a los denominados “alejados”, que han recibido un primer anuncio de la buena noticia y después se han alejado de la fe por las vicisitudes de la vida, pero también los buscadores de Dios todavía escondidos, que advierten en el corazón la nostalgia del Altísimo, pero no conocen el camino para contemplar su rostro y recibir el don del amor que salva.

Pues bien, los Congresos Eucarísticos que habitan esta Iglesia “en salida” trabajan por una eucaristía “misionera” con su empeño en la formación y en la celebración auténtica. 

3.5. La dimensión social del Congreso

La dimensión celebrativa con las articulaciones que ya hemos tratado, no debe hacer olvidar la dimensión social de los Congresos Eucarísticos. Es verdad que hoy “en el campo eclesial, hay un pudor exagerado con respecto al “reinado social” de Cristo con la tendencia a remover la experiencia de los movimientos que surgió a finales del siglo XIX en toda Europa. Esta actitud, debida más a una visión ideológica que teológica del misterio de la Iglesia, corre el peligro de no aplicar la necesaria distinción entre la sustancia de los objetivos del reinado social cristiano y los elementos relacionados con las sensibilidades y las circunstancias cambiantes en la relación entre vida eclesial y dinámica socio política”.[40]

La expresión “reinado social de Cristo” , más allá de los límites fácilmente descubiertos, consiste en el descubrimiento de la centralidad de Cristo presente en la Eucaristía. Sacramento primordial de toda salvación destinado al hombre como individuo y como miembro de la sociedad. “La orientación de la Iglesia hacia el Reino –afirma un teólogo moderno- encuentra su fuente y su culmen en la Eucaristía”.[41]

En la Iglesia actual, cuando se habla de “Reinado social de Cristo” se refiere a menudo y con razón al movimiento de solidaridad/fraternidad que nace de la celebración fructuosa de este Sacramento para trabajar en el advenimiento de un mundo nuevo.

Esto ha sido maravillosamente expresado en los Congresos del postconcilio, desde Bombay (1964) a Bogotá (1968), a Filadelfia (1976). Han sido famosas las palabras de Pablo VI durante el 39º Congreso Eucarístico de Bogotá, aquí en América: “El (Cristo) amó y se sacrificó: dilexit et tradidit semetipsum (Eph. 5, 2). Nosotros deberemos imitarlo. ¡He ahí la Cruz! Tendremos que amar, hasta el sacrificio de nuestras personas, si queremos edificar una sociedad nueva, que merezca ponerse como ejemplo, verdaderamente humana y cristiana”.[42]

Y delante de los campesinos afirmaba: “El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino… Y toda la tradición de la Iglesia reconoce en los Pobres el Sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la Eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística con ella”.[43]

Más recientemente, Juan Pablo II, escribiendo al Cardenal Knox con ocasión del Congreso de Lourdes en 1981, situaba esta ética a nivel planetario: “Un “hombre nuevo”, un mundo nuevo marcado por relaciones filiales hacia Dios y fraternas entre los hombres, digamos una humanidad nueva: tales son los frutos que se esperan del Pan de Vida que la Iglesia parte y distribuye en el nombre de Cristo” (1 enero 1979).

Más recientemente, Benedicto XVI, en la tercera parte de la exhortación Sacramentum caritatis, ha conjugado la dimensión social del Sacramento como:

- Convicción que la Iglesia ha recibido en la Eucaristía el código genético de su identidad, el don pleno que la pone delante del mundo como “Cuerpo de Cristo”, “sacramento de salvación”. De aquí nace la llamada a transformaciones no sólo morales e interiores, sino también sociales y culturales. Por eso es justo hablar de un verdadero y propio ethos eucarístico.

- Orientación de todas las dimensiones de la vida cristiana, comprendidas también las sociales, a partir de la Eucaristía, en el contexto de la eclesiología conciliar y de la correcta relación Iglesia-mundo según el estilo de la “forma eucarística”.[44]

- Promoción de la centralidad y de la dignidad de la persona. Delante del Señor de la historia y del futuro del mundo, los sufrimientos de los pobres, las víctimas cada vez más numerosas de la injusticia y todos los olvidados de la tierra no pueden permanecer ajenos a las celebraciones del misterio eucarístico que compromete a los bautizados a trabajar por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y consciente.[45]

 4. Gracia de renovación pastoral para la comunidad

La celebración de un Congreso no se reduce a su semana conclusiva sino que se concreta en un significativo camino de formación de los pastores y de los fieles a través de los instrumentos habituales de la catequesis diocesana y parroquial para que el pueblo de Dios se acerque cada vez más a la comprensión auténtica del Sacramento.

La semana conclusiva asume un fuerte valor formativo con la oferta de una sólida catequesis que profundice el tema propuesto y con la presentación de testimonios interesantes. Esta tarea de discernimiento es propia del Comité local y de su comisión teológica.

Celebraciones ejemplares

La celebración ejemplar de la Eucaristía durante el Congreso es uno de los puntos importantes del acontecimiento y es necesario poner la mayor atención posible sobre esto.

La piedad y la devoción eucarística han recorrido de modo paralelo siglos de infravaloración de la liturgia. Esto se experimenta todavía en muchos ámbitos ligados a las devociones populares. Es necesario, pues, que la liturgia, a partir del puesto que le ha otorgado la reforma conciliar, retome su centralidad porque es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”.[46]

Durante el Congreso se deberá percibir claramente que todas las acciones litúrgicas –la Eucaristía, la Liturgia de las Horas, los diversos sacramentos y la asamblea reunida, los símbolos, los gestos, las palabras – son esencialmente celebraciones de la Pascua de Cristo, es decir, del acontecimiento escatológico por excelencia: “Porque unidos en la caridad, celebramos la muerte de tu Hijo, con fe viva proclamamos su resurrección y con esperanza firme anhelamos su venida gloriosa”.[47]

Al servicio del pueblo de Dios

Además, el Congreso Eucarístico no es un privilegio honorífico confiado a una Iglesia particular, sino un servicio para el crecimiento dinámico del pueblo de Dios. Muchas fuerzas activas en la Iglesia (grupos parroquiales, movimientos apostólicos, jóvenes, formas de vida consagrada, asociaciones, voluntariado…) esperan objetivos a realizar. Son estas las fuerzas a implicar para convencer que la Eucaristía nos es una actividad más entre otras sino el fundamento, la fuente y la cumbre de la vida y de la actividad misionera de todo bautizado.

En este sentido, el Congreso Eucarístico debe comprometer a todos los cristianos a través de las estructuras de la Iglesia particular. El comité de preparación del Congreso deberá buscar la mejor forma de colaboración posible con la base eclesial a través de la creación de delegados diocesanos o parroquiales, con los medios de comunicación, con las realidades  sociales y políticas presentes en su territorio.

Todo esto para que el Congreso Eucarístico no sea un fin en sí mismo sino que se transforme en un medio poderoso capaz de implicar a toda la Iglesia en la celebración de la Pascua del Señor, “en el vínculo de la caridad y de la unidad”.

 

† Piero Marini

 

[1] R. Aubert, Les Congrès eucharistiques de Léon à Paul VI, in Concilium 1, 1960, p. 118.

[2] Cfr C. LANGLOIS y C. SORREL, Les temps des Congrès Catholiques. Bibliographie raisonnée des actes des congreso tenues en France de 1870 à nos jours; Turnhout (Brepols) 2010, p. 20 ss.

[3] No existen monografías dedicadas exclusivamente a Émile-Marie Tamisier. Pero su vida y su obra están bien documentadas por J. VAUDOUN , L’Oeuvre del Congrès Eucharistiques. Ses origines, Paris 1910.

[4] A. GUITTON, Pierre-Julien Eymard, apôtre de l’Eucharistie, Paris 1992. En el 2008 finalizó la edición típica de los escritos de san Pedro Julián Eymard (utilizable también en Internet: www.eymard.org): P. - J. EYMARD, Oeuvres complètes, XVII vol., Ponteranica (Centro Eucaristico –Nouvelle Citè) 2008. La edición no sólo rediseña la fisionomía del santo francés, sino que es también una mina inagotable para la historia de las devociones eucarísticas del siglo XIX en Francia y para el conocimiento del ambiente del que surge la Obra de los Congresos Eucarísticos.

[5] Y. MUSSET, Antoine Chevrier. Le chemin du disciple et de l’apôtre, Paris (Parole et Silence) 204.

[6] M. DE HENDOUVILLE, Moinsegneur de Ségur. Sa vie – Son Action. 1820-1881, Paris 1957. Mons. De Ségur, al contrario de lo que se cree comúnmente, no fue nunca ordenado obispo por impedimento canónico debido a su ceguera.

[7] Para todo esto cfr. J. Vaudoun, L’Oeuvre… cit.

[8] Cfr. D. MENOZZI, Congressi eucaristici: identità irrisolta, en Il Regno attualità n.18/1997, pp. 523-525.

[9] De Madrid surge también la instancia de instituir una fiesta solemne de Cristo Rey de la sociedad. La encíclica Quas primas de Pío XI de 1925 encuentra aquí uno de sus fundamentos.

[10] Para la historia de los primeros Congresos Eucarísticos y de su desarrollo progresivo, se vea particularmente: J. VAUDOUN (op.cit); L. GUÉRIN, Les origines, en Les Congrès Eucharistiques Internationax, Ie serie, Paris 1914; F. PRATZNER, I Congressi Eucaristici Internazionali 1881-1989: origine e sviluppo, en I Congressi Eucaristici Internazionali per una nuova evangelizzazione, Città del Vaticano (LEV) 1991.

[11] Estas “obras eucarísticas” y otras son enumeradas y analizadas en las Actas impresas de cada uno de los Congresos Eucarísticos Internacionales a partir de Lille. Cf. Congrès des Oeuvres Eucharistiques tenues à Lille les 28, 29 et 30 Juin 1881, Lille 1882.

[12] R. AUBERT, Les Congrès…cit, p. 121.

[13] Sobre el Congreso de Jerusalén y sobre el protectorado francés de los católicos latinos en Tierra Santa se vea C. SOETENS, Le Congrès eucharistique International de Jérusalem (1893) dans le cadre de la politique orientale du Pape Léon XIII, Louvain 1977.

[14] Sacra Tridentina Synodus (20 diciembre 1905) sobre la comunión frecuente y Quam singulari Christus amore (8 agosto 1910) sobre la edad de la primera comunión de los niños.

[15] Cfr. Un pasaje del discurso del arzobispo de Cambrai en el Congreso de 1922: “La Hostia Santa, vehículo y generadora de Paz!... Que la Hostia sea maravillosamente apta para simbolizar la paz humana es manifiesto… La Hostia destruye las barreras, ella teje entre los hombres el triple vínculo formado entre Jesús, la Iglesia y la gracia” (MSGR. CHOLLET, L’Hostie pacifique, en Atti del XXVI Congresso Eucaristico Internazionale, Roma MCMXXII, XXIV-XXIX Maggio, Roma 1923, pp. 177-189. La paz fue uno de los temas principales del Congreso de Roma, después de una guerra mundial que había dividido pueblos y naciones y causado millones de muertos.

[16] “En este Corpus Domini que es el Congreso Eucarístico Internacional… desde la mañana a la tarde, incluso durante la noche, la alabanza Eucarística no calla jamás”. Cfr. Discurso del Obispo de Metz (Mons. Willibord Benzler osb) en Report of the Nineteenth Eucharistic Congress, held at Wetsminster from 9th to 13th September 1908, London 1909, pp. 115 ss.

[17] Todos los materiales del Congreso de Munich han sido recogidos en: Statio Orbis. Eucharisischer WeltKongress 1960 in München, 2 vol, München 1961.

[18] J. A. Jungmann, Corpus mysticum en Dans Stimmen der Zeit, 164, sep. 1959.

[19] El teólogo ruso Nicolai Afanasieff (1893-1966) una de las figuras más notables de la mitad del siglo pasado, representante del Institut de théologie orthodoxe St Serge de París, incluso reconociendo que la idea del P. Jungmann “es una contribución de altísimo valor al sistema de eclesiología universal” objetó que “la idea de la statio Orbis propuesta por él es puramente teórica… La statio Orbis no puede ser más que una convención y la transición de la statio urbis a la statio Orbis es irrealizable. Esta transición se podría realizar solo si la celebración de la Eucaristía presidida por el Papa, considerado obispo de la Iglesia universal, hiciese de la asamblea en la que es celebrada esta Eucaristía, una asamblea eucarística universal” (cfr. N. AFANASIEFF, “Statio Orbis” en Irenikón, 1962 n.1, pp. 65-75.

[20] J. A. JUNGMANN SJ, Statio Orbis Cattolici – Heute und Morgen, in Statio Orbis I, 81-89; München 1961.

[21] P. J. EYMARD, Le siècle du Très Saint Sacrement in Oeuvres Complètes, XII, p.78. Interesante subrayar el eco que estas palabras encuentran en el Congreso de Roma de 1922 en el discurso de Pío XI: “Debe comenzar una verdadera y propia regeneración, que consiste en el retorno de la sociedad a Jesucristo y en el retorno de Jesucristo a la sociedad humana”, en Atti del XXVI Congresso, op. cit., p. 57.

[22] Cfr. El estudio de Ernesto Vecchi, La dimensione sociale dell’Eucaristia. Storia, radici e tradizione dei Congressi Eucaristici Nazionali in Italia, Ponteranica (Centro Eucaristico) 2004.

[23] Cfr. Lumen Gentium (LG) 11.

[24] Cfr. De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam, 112. Las citas utilizadas aquí siguen la numeración del texto típico latino editado en AAS 65 (1973) 610 ss.

[25] S. Aurelii Augustini, Sermo 272,1, PL 38, 1247: “Si ergo vos estis corpus Christi et membra, mysterium vestrum in mensa Dominica positum est: mysterium vestrum accipitis”.

[26] Sobre el problema de una orientación de las devociones eucarísticas en la óptica de una eclesiología eucarística, se lea la conferencia di Walter Kasper, L’ecclésiologie eucharistique: de Vatican II à l’exhortation Sacramentum Caritatis, en Actes du Symposium International de théologie. L’Eucharistie don de Dieu pour la vie du monde, Ottawa 2009, pp. 194-215.

[27] Sacramentum Caritatis, 67.

[28] Relatio finalis, II C 1; en: Enchiridion Vaticanum (Bologna, EDB, 19914) vol. 9, p.1761.

[29] LG 3

[30] Cfr. Por ejemplo LG 7: “Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él entre nosotros. Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Cor 10,17). Así todos nosotros nos convertimos en miembros de ese Cuerpo (cf. 1 Cor 12,27) y cada uno es miembro del otro”. Y también LG 11: “Confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, (los fieles) muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento”.

[31] EdE n. 1

[32] Cfr. H. DE LUBAC, Meditazione sulla Chiesa, Milano 1993.

[33] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte (6 enero 2001) 43.

[34] Traducción de AAS C/7, pp. 483-484.

[35] Cfr. Presbyterorum Ordinis (PO): “La Eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la predicación evangélica

[36] PO 6

[37] Cfr. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG), nn.20-24.

[38] Cfr. PONTIFICIUS COMITATUS (curavit), XLV Conventus Eucharisticus Internationalis Sevilla 7-13.VI.1993. Christus Lumen Gentium. Eucharistia et evangelizatio, Ex Aedibus Vaticanis MCMLXXXXIIII, p. 1108.

[39] XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Elenco final de las proposiciones, n.42; en Synodus Episcoporum Bolletino 22.10.2005.

[40] E. VECCHI, La dimensione… cit, pg. 55

[41] M. SEMERARO, Regno di Dio, en Lexicon. Dizionario teologico enciclopedico, Casale Monferrato 1993, p. 878.

[42] PABLO VI, Discurso para la Jornada del Desarrollo, Bogotá, 23 agosto 1968.

[43] PABLO VI, Homilía, Bogotá, 23 agosto 1969

[44] Sacramentum caritatis, nn.70-83

[45] Mensaje del Sínodo de los Obispos al pueblo de Dios, 22 octubre 2005.

[46] Cfr. Sacrosanctum Concilium 10

[47] “Cuius (Christi) mortem in caritate celebramos,/resurrectionem FIDE vivida confitemur,/adventum in gloria spe firmísima praestolamur”; in Missale Romanum (Editio typica tertia, MMVIII) Ordo Missae, Praefatio communis V, p. 561).

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